23 diciembre 2009

Feliz Navidad.

Ha sido un gran año.

21 octubre 2009

Dirección prohibida.

Hace ya unos meses, el maravilloso Programa de Berto regaló a sus espectadores un delicioso, real y desgarrador tratado sobre el sexo anal. (Lo de desgarrador no va por el tema en sí) Me pareció que aquello era un punto y final. Que nadie más debería hablar del sexo anal porque ya estaba todo dicho.

Bien, he cambiado de opinión. Me gustaría añadir algo.

Me dirijo a todas aquellas personas que se niegan a practicar el sexo anal y ya no saben cómo disuadir al poseedor del rabo, que sigue insistiendo en practicarlo alegando lo innovador y curioso que sería y el indudable gesto de confianza que eso significaría. Cuando ya no sepáis como decirle que no, contad esta anécdota, real, que le sucedió a un amigo mío:

- Oye, ¿qué te parece si hoy te doy por el culo? Sería bonito.
- ¿Te he contado lo del amigo de Júlia? ¿No? Bien, pues un amigo de Júlia le dio por el culo a una chica y cuando sacó la polla del ojete descubrió que tenía una lenteja pegada en la punta.

Sí, con el sexo anal, estas cosas pueden pasar. Contadlo cuando os saquen el tema del sexo anal. No insistirán más.
.

19 octubre 2009

La triolgía de V. Parte I.

Quiero contar la historia de V.

V. era una niña que vino a mi clase a cuarto de EGB. Justo antes de que viniera, nuestra profesora nos avisó: “mañana vendrá una niña nueva, V. Debéis tener paciencia con ella. No tiene la misma facilidad para aprender que vosotros, tiene su propio ritmo. Pero estoy segura de que se adaptará perfectamente”.

Y llegó V. A juzgar por su aspecto, V. parecía la típica empollona: fea, con gafas y bigote. Pero no. No era de esas. Era la típica tonta… fea, con gafas y bigote. Nos sacaba tres años. Le correspondía estar en séptimo de EGB, tal y como apuntaban sus incipientes y reivindicativos pechos, pero Dios y el AMPA quiso que ella no pudiera estar con los suyos por un problema de aprendizaje. Mientras nosotros avanzábamos y multiplicábamos por dos cifras, V. se sentaba en un rincón con sus cuadernillos para reseguir una y otra vez la silueta de los números, rezando para que ese fuera el día en que, por fin, consiguiera recordar hacía qué lado iba la barriga del 5.

A mí V. me daba pena. Porque sabía que no podía estar a gusto con niños tres años menores que ella. Porque todo el mundo se reía de ella. Porque le preguntaban: “V. ¿Cuánto son cinco por siete?” y ella miraba fijamente a la señorita, sin decir nada, provocando silencios de más de un minuto, sabiendo que si aguantaba así un rato más, la profesora empezaría a cuestionarse si realmente le había hecho o no la pregunta.

Así que intenté ser su amiga. Pensaba que si nos hacíamos amigas, toda la clase la aceptaría. No es que yo fuera la guay de la clase, no. Si por mis cualidades fuera, hubiera sido, sin duda, la marginada de la clase; pero mis hermanos eran los más temidos del colegio y eso me convirtió en una niña popular e intocable. Eso sí, fui una criatura exquisita y nada problemática, así que nunca usé mi derecho heredado a cagarme en la merienda de quien quisiera. Yo usé mi popularidad para hacer el bien. Y me acerqué a V.

Pues oh twist, cágate la tía puta, que resultó ser una zorra engreída. No quiso saber nada de mí, ni de quien se intentó acercar a ella. Los humanos tendimos a pensar que los feos y tontos son unas bellísimas personas castigadas por una cruel ironía que se nos escapa, que sólo hay que tenderles la mano para que florezca su maravillosa personalidad. Pero no. V. no hacía el mínimo gesto por adaptarse. Simplemente no le interesábamos. Estaba bien como estaba. Seguramente sentía la misma pena por nosotros que nosotros sentíamos por ella.

Y a mí V. me empezó a caer muy mal.

07 septiembre 2009

Yoga + EXCLUSIVA FINAL.

Se conoce que me he apuntado a yoga. Lo explico. Un día de agosto de 2009. 12 del mediodía. Estoy tumbada en el sofá, apurando las vacaciones. Pienso que quizá debería hacer algo más provechoso o veraniego, pero rápidamente cambio de opinión y me digo que mi plan ya me convence. Alargo la mano para coger el mando de la tele y el mando cae al suelo, se abre la tapa y las pilas ruedan debajo del sofá. Me incorporo, me agacho para coger las pilas y me quedo clavada. Lo veo, no puedo ser más patética: tengo 24 años, un dolor de espalda terrible y necesito el mando para poner “Mujeres, hombres y viceversa”. Hasta aquí. Necesito hacer algo de ejercicio y volver a “Crímenes Imperfectos”.

Después de una larga reflexión que dura lo que tarda en hacerse un sofrito, decido que a lo único que me puedo apuntar es a yoga. No se me ocurre ninguna otra actividad física que se haga sentada (quizá la equitación, pero en casa nunca hemos sido de tener caballos). Además, durante una época ya fui a aerobic y me tuve que desapuntar de vergüenza el día después de hacer que se perdiera el monitor mientras intentaba que yo pillara de nuevo la coreografía del grupo.

Así que me voy a informar para apuntarme a yoga. Me recibe una chica de algún país exótico –siendo exótico cualquier país que no sea este- con una postura corporal exquisita. Me explica las condiciones y le digo que vale, que me apunte. Me dice si no quiero probar primero una clase gratuita, porque es posible que no me guste. Le digo con toda sinceridad que no hace falta, que seguro que no me va a gustar, pero que lo hago para hacer algo. Me mira con desconfianza y decide que le voy a caer mal. Yo decido que es justo, pero que tonterías las justas. Tengo que dejar claro que aborrezco su disciplina, que creo que son una secta y que conmigo no va a tener una conversación sobre velas y budas.

Llega el esperado día. Sábado, 11 de la mañana. Me presento equipada con todos los complementos de yoga que había disponibles en el Decathlon. Me recibe otra chica, con un acento entre ruso, rumano, alemán y albaceteño. No adivino de dónde es, en parte por la gran cantidad de incienso que flota en el ambiente que me mantiene en un estado de tontería y semi vómito. Entro en la sala y ya hay una chica tumbada en su esterilla, relajándose. Son de un caucho duro. Cojo una para colocarla –donde fueres haz lo que vieres- y me resbala de las manos cual Pretty Woman, de modo que al caer hace un sonido espantoso, como de latigazo, que hace que la chica se levante sobresaltada y pierda el zen, si es que lo había encontrado. Me siento a esperar. No quiero tumbarme como la chica porque a lo mejor no es lo que se tiene que hacer, sino que es algo que ella hace porque quiere, y no quiero que piensen que me he copiado. Así que me quedo sentada, mirando al frente, mientras un buda gordaco me sonríe.

Van llegando los otros alumnos y todos se tumban y se relajan. Ahora sí: yo me tumbo también, se ve que es lo que se hace antes de empezar. Entra la profesora y pone un CD con el sonido de las olas del mar. La puta… Que nos relajemos, que dejemos los pensamientos atrás, que oigamos el ruido del mar… Empiezo a inquietarme. A mí el sonido del mar no me tranquiliza: pienso que en cualquier momento me robarán el bolso o que vendrá alguien a ofrecerme cocacolaaguacervesafríaaaaaaaaaaa. Y empiezo, tensa, el festival de las poses. En un momento dado la profesora dice que vamos a saludar al sol. Tengo un momento de pánico mientras imagino que ahora iremos todos a la ventana y gritaremos felices “¡¡hola sooooooooooooooooooool!!”. Pero se ve que no, que es otra de sus posturas –la única que me sale, por cierto.

La clase dura una hora y media y yo sudo como una cerda, pero en plan gotas cayendo de la frente, algo que a mí no me había pasado nunca. Resulta que son ciertos los tópicos de que con el yoga se curra mucho. No diré “me gustaría ver al equipo de atletismo haciendo yoga, ya verían lo que es el ejercicio”. No. Pero no entiendo como se ha hecho tan popular entre la gente mayor. Es difícil, duele y te piden unas posturas y unos equilibrios que si supiera hacer mi novio no me dejaría salir de la cama. No hace falta decir que yo era como un ornitorrinco en un lago de cisnes. Ellos pasan de una postura a otra con unos movimientos gráciles y orgánicos, integrados dentro de un todo armónico, deslizándose cual sirenitas sobre caucho. Yo, por el sudor, me quedo enganchada a la esterilla a cada cambio de postura. Hago un desagradable ruido como neumático que acompaño siempre con un elegante “plas”, el ruido que hace la goma de mis bragas cuando me la saco del culo entre la pose del panda comiendo shawarma y la del shawarma y su puta madre. Sólo un señor medio calvo medio obeso está más perdido que yo.

Y este es el post. No tiene ni conclusión ni mensaje explícito, porque como ahora practico yoga abrazo también la filosofía oriental de que tiene que ser el lector quien extraiga sus propias conclusiones, porque si las digo yo no habréis aprendido nada.

A los que penséis que esto es una puta mierda, para compensar, aquí va el regalo, la exclusiva.

MERCEDES MILÀ FUMA.
...

17 junio 2009

Maravillas del Facebook.

(Si clicáis en la foto, se ve más grande. Es una pasada)
.

12 junio 2009

Comisaría.

Hace un par de semanas (es mentira, fue hace meses, pero el post lo escribí dos semanas después de lo que voy a contar) fui a renovar mi DNI, caducado desde hacía cuatro meses (perdón, cuando escribí el post habían pasado más de dos semanas, pero pensé: “pon que hace sólo dos semanas, que no parezca que tiras de historias viejas. Era mentira sobre mentira). Aunque mis amigos afirman que soy tan correcta, maniática e insoportable como Monica Geller, también soy tremendamente perra para cualquier tipo de papeleo o desplazamiento que altere mi rutina. Cuando, años a, no te hacían el DNI al instante –cosa que implicaba dos desplazamientos a la comisaría y dos alteraciones de rutina-, llegué a espaciar primera y segunda visita con dos años. Eso es: fui a hacerme el DNI y llevé un resguardo en el monedero durante dos años porque me daba pereza ir a buscarlo, algo que no sucedió hasta que tuve que ir por cojones a hacerme mi primer pasaporte… y ya aproveché el viaje. Siempre aprovecho.

Total, que con la edad una es menos salvaje y con un DNI caducado de sólo cuatro meses decidí ir. Y ya de paso, me hago el pasaporte, que lleva caducado tres años y perdido otros cinco.

Para hacerlo lo menos insoportable posible, reservo hora en la web, me cojo la primera hora (9.00) y me doy dos semanas de margen para irme concienciando que un lunes a las 9 de la mañana tendría que hacer algo que odio con todas mis fuerzas.

Llegó a la Comisaría de Muntaner a las 8.52 y veo una cola del carajo. Esto ya no entra en mis esquemas: si tengo cita previa, no tengo que hacer cola. Si yo uso el Sistema, ellos me dan un beneficio. Me acerco a una señora de la cola y le pregunto: “¿Tiene cita?”. Ella: “¿Cita?”. Perfecto, no todo el mundo va con cita. Entonces, cabe suponer que sí yo he sido tan buena ciudadana como para intentar agilizar las operaciones de los funcionarios pidiendo cita previa, tendré ventaja, ¿no? Entro y le pregunto a un policía: “Pedí cita, no tengo que hacer cola, ¿verdad?”. “No”. Y se gira y se pone a andar. Yo me quedo.

Anda un rato más y al final del pasillo se gira y me dice: “¡Pero ven!”. Salgo corriendo detrás del policía y cuando llego a él me da un ticket con el número 1. Ah, el Servicio Público… tan arisco pero tan eficiente cuando una les demuestra respeto…

Me siento a esperar y miro orgullosa mi número 1. El reloj marca las 8:56. El panel con los números todavía no está encendido. Los funcionarios empiezan a llegar a las mesas. La gente que no tenía cita empieza a entrar, a coger número y a sentarse. Los miro por encima del hombro. Todo está listo para el gran momento, pero yo tengo ventaja. Si respetas el Sistema, todo sale con una fluidez exquisita. Sin sorpresas. Vuelvo a mirar el ticket: “1 DNI”. DNI. ¿DNI? ¡Yo quería también pasaporte! ¡Para ahorrarme un viaje! ¡Siempre aprovecho! ¡¡Mierda!!

Me levanto y le pregunto al policía: “Disculpe, yo quería hacer también Pasaporte, que no se lo he dicho al entrar. (murmuros: “en parte porque te has ido…”) ¿El ticket este me vale igual?”.

Y me dice con el orgullo del que sabe las maravillas del Sistema:
-“Claro que sí, señorita. Usted sólo necesita este ticket, una foto, 30 euros y sale de aquí hoy con DNI y Pasaporte”.
-“¿30 euros?”.
- “10 el DNI, 20 el Pasaporte”.
-“En Mataró me costó 895 pesetas. Ahora sólo llevo 25 euros”.

Y el policía, mira el reloj y me revela la maldición de su engranaje perfecto: “En un minuto encenderé el panel y aparecerá el número uno. Y le tocará a usted. Si al llegar este momento no tiene aquí los 30 euros no le podremos hacer DNI y pasaporte. Y, si sale a sacar dinero, perderá su turno, porque sólo le queda un minuto y no le da tiempo de ir y volver. Así que hoy no se lo va a hacer. Tendrá que volver otro día”.

Con una resignación automática digo: “¿Tengo que volver otro día?”. Y me grita: “¡¡Claro que no, corre!! ¡¡Ve a sacar dinero!! ¡¡Inténtalo!! ¡¡NO PIENSES, ACTÚA!! ¡¡Ve!! ¡¡Ve!!”.

Confusa, salí corriendo a la voz de la ley. Corrí y corrí sin pensar. Me paré en el primer cajero que vi, saqué 20 euros, me cobraron 0.80 de comisión y corrí otra vez hacía la Comisaría. Llego y me dice el tío: “Has ido muy rápido. Muy bien. Toma, te he guardado el número, ve a la mesa 17”.

¿Por qué primero me dijo que perdería el turno y luego me había guardado el número?

¿Por qué me dijo que no podía ir a un cajero y luego me gritó para que fuera?

¿Por qué va armado un hombre que tiene como lema ante una situación de mínimo conflicto “no pienses, actúa”?

Ah, la picaresca.

Adiós.
.

14 enero 2009

Sobre la caca.

Dos experiencias con la caca.

Primera. "Fama, a bailar". Un alumno, por orden de Rafa (el profesor de funky), estaba trabajando su expresividad facial. Es decir, hacía muecas para que luego cuando bailara se nos pusiera a todos la piel de gallina. Cuando termina, Rafa se acerca y le dice:

-(Pausa dramática) Eres una caca. (El alumno asiente) ¿Cómo es una caca? (El alumno hace con los hombros "no lo sé") Una caca no dice nada. Una caca no habla. Como tu cara.

Son marrones, apestan, salen del culo. Mil cosas. Pero lo que más le llama la atención de la caca es que no habla. Sí, Rafa. Hay muchas cosas que no hablan: las mesas, los bolis, el soufflé, los limones, los ambientadores de coche... muchas.

De todas formas, si una caca hablara, ¿qué diría? ¿Siempre me juzgan por mis orígenes? ¿La diarrea es nuestro Holocausto? ¿No nos gusta que se refieran a nosotros como mierda? Los caminos de la caca son inescrutables.

Segunda. Un amigo al que le veo el pene muy a menudo me contó que tenía en mente un proyecto. Hacía tiempo que pensaba en la posibilidad de inventar un producto químico comestible que convirtiera tu caca en caca fluorescente. Yo estuve de acuerdo en que un zurullo que brilla en la oscuridad es una de las cosas más siniestramente bellas que se pueden imaginar, pero que no le veía utilidad y que dudaba que alguien quisiera invertir en esto.

Tras una pausa dramática, añade: "ya, pero si este producto se lo das para comer a los perros te aseguras que nunca más pisarás una caca de noche".

Conclusión. ¡Ah, la caca! ¡Desecho infalible que a todos pone en su lugar! Dime cómo te tomas la caca y te diré quién eres: un genio o un subnormal profundo. Poned vosotros las etiquetas.
.