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17 junio 2009
12 junio 2009
Comisaría.
Hace un par de semanas (es mentira, fue hace meses, pero el post lo escribí dos semanas después de lo que voy a contar) fui a renovar mi DNI, caducado desde hacía cuatro meses (perdón, cuando escribí el post habían pasado más de dos semanas, pero pensé: “pon que hace sólo dos semanas, que no parezca que tiras de historias viejas. Era mentira sobre mentira). Aunque mis amigos afirman que soy tan correcta, maniática e insoportable como Monica Geller, también soy tremendamente perra para cualquier tipo de papeleo o desplazamiento que altere mi rutina. Cuando, años a, no te hacían el DNI al instante –cosa que implicaba dos desplazamientos a la comisaría y dos alteraciones de rutina-, llegué a espaciar primera y segunda visita con dos años. Eso es: fui a hacerme el DNI y llevé un resguardo en el monedero durante dos años porque me daba pereza ir a buscarlo, algo que no sucedió hasta que tuve que ir por cojones a hacerme mi primer pasaporte… y ya aproveché el viaje. Siempre aprovecho.
Total, que con la edad una es menos salvaje y con un DNI caducado de sólo cuatro meses decidí ir. Y ya de paso, me hago el pasaporte, que lleva caducado tres años y perdido otros cinco.
Para hacerlo lo menos insoportable posible, reservo hora en la web, me cojo la primera hora (9.00) y me doy dos semanas de margen para irme concienciando que un lunes a las 9 de la mañana tendría que hacer algo que odio con todas mis fuerzas.
Llegó a la Comisaría de Muntaner a las 8.52 y veo una cola del carajo. Esto ya no entra en mis esquemas: si tengo cita previa, no tengo que hacer cola. Si yo uso el Sistema, ellos me dan un beneficio. Me acerco a una señora de la cola y le pregunto: “¿Tiene cita?”. Ella: “¿Cita?”. Perfecto, no todo el mundo va con cita. Entonces, cabe suponer que sí yo he sido tan buena ciudadana como para intentar agilizar las operaciones de los funcionarios pidiendo cita previa, tendré ventaja, ¿no? Entro y le pregunto a un policía: “Pedí cita, no tengo que hacer cola, ¿verdad?”. “No”. Y se gira y se pone a andar. Yo me quedo.
Anda un rato más y al final del pasillo se gira y me dice: “¡Pero ven!”. Salgo corriendo detrás del policía y cuando llego a él me da un ticket con el número 1. Ah, el Servicio Público… tan arisco pero tan eficiente cuando una les demuestra respeto…
Me siento a esperar y miro orgullosa mi número 1. El reloj marca las 8:56. El panel con los números todavía no está encendido. Los funcionarios empiezan a llegar a las mesas. La gente que no tenía cita empieza a entrar, a coger número y a sentarse. Los miro por encima del hombro. Todo está listo para el gran momento, pero yo tengo ventaja. Si respetas el Sistema, todo sale con una fluidez exquisita. Sin sorpresas. Vuelvo a mirar el ticket: “1 DNI”. DNI. ¿DNI? ¡Yo quería también pasaporte! ¡Para ahorrarme un viaje! ¡Siempre aprovecho! ¡¡Mierda!!
Me levanto y le pregunto al policía: “Disculpe, yo quería hacer también Pasaporte, que no se lo he dicho al entrar. (murmuros: “en parte porque te has ido…”) ¿El ticket este me vale igual?”.
Y me dice con el orgullo del que sabe las maravillas del Sistema:
-“Claro que sí, señorita. Usted sólo necesita este ticket, una foto, 30 euros y sale de aquí hoy con DNI y Pasaporte”.
-“¿30 euros?”.
- “10 el DNI, 20 el Pasaporte”.
-“En Mataró me costó 895 pesetas. Ahora sólo llevo 25 euros”.
Y el policía, mira el reloj y me revela la maldición de su engranaje perfecto: “En un minuto encenderé el panel y aparecerá el número uno. Y le tocará a usted. Si al llegar este momento no tiene aquí los 30 euros no le podremos hacer DNI y pasaporte. Y, si sale a sacar dinero, perderá su turno, porque sólo le queda un minuto y no le da tiempo de ir y volver. Así que hoy no se lo va a hacer. Tendrá que volver otro día”.
Con una resignación automática digo: “¿Tengo que volver otro día?”. Y me grita: “¡¡Claro que no, corre!! ¡¡Ve a sacar dinero!! ¡¡Inténtalo!! ¡¡NO PIENSES, ACTÚA!! ¡¡Ve!! ¡¡Ve!!”.
Confusa, salí corriendo a la voz de la ley. Corrí y corrí sin pensar. Me paré en el primer cajero que vi, saqué 20 euros, me cobraron 0.80 de comisión y corrí otra vez hacía la Comisaría. Llego y me dice el tío: “Has ido muy rápido. Muy bien. Toma, te he guardado el número, ve a la mesa 17”.
¿Por qué primero me dijo que perdería el turno y luego me había guardado el número?
¿Por qué me dijo que no podía ir a un cajero y luego me gritó para que fuera?
¿Por qué va armado un hombre que tiene como lema ante una situación de mínimo conflicto “no pienses, actúa”?
Ah, la picaresca.
Adiós.
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Total, que con la edad una es menos salvaje y con un DNI caducado de sólo cuatro meses decidí ir. Y ya de paso, me hago el pasaporte, que lleva caducado tres años y perdido otros cinco.
Para hacerlo lo menos insoportable posible, reservo hora en la web, me cojo la primera hora (9.00) y me doy dos semanas de margen para irme concienciando que un lunes a las 9 de la mañana tendría que hacer algo que odio con todas mis fuerzas.
Llegó a la Comisaría de Muntaner a las 8.52 y veo una cola del carajo. Esto ya no entra en mis esquemas: si tengo cita previa, no tengo que hacer cola. Si yo uso el Sistema, ellos me dan un beneficio. Me acerco a una señora de la cola y le pregunto: “¿Tiene cita?”. Ella: “¿Cita?”. Perfecto, no todo el mundo va con cita. Entonces, cabe suponer que sí yo he sido tan buena ciudadana como para intentar agilizar las operaciones de los funcionarios pidiendo cita previa, tendré ventaja, ¿no? Entro y le pregunto a un policía: “Pedí cita, no tengo que hacer cola, ¿verdad?”. “No”. Y se gira y se pone a andar. Yo me quedo.
Anda un rato más y al final del pasillo se gira y me dice: “¡Pero ven!”. Salgo corriendo detrás del policía y cuando llego a él me da un ticket con el número 1. Ah, el Servicio Público… tan arisco pero tan eficiente cuando una les demuestra respeto…
Me siento a esperar y miro orgullosa mi número 1. El reloj marca las 8:56. El panel con los números todavía no está encendido. Los funcionarios empiezan a llegar a las mesas. La gente que no tenía cita empieza a entrar, a coger número y a sentarse. Los miro por encima del hombro. Todo está listo para el gran momento, pero yo tengo ventaja. Si respetas el Sistema, todo sale con una fluidez exquisita. Sin sorpresas. Vuelvo a mirar el ticket: “1 DNI”. DNI. ¿DNI? ¡Yo quería también pasaporte! ¡Para ahorrarme un viaje! ¡Siempre aprovecho! ¡¡Mierda!!
Me levanto y le pregunto al policía: “Disculpe, yo quería hacer también Pasaporte, que no se lo he dicho al entrar. (murmuros: “en parte porque te has ido…”) ¿El ticket este me vale igual?”.
Y me dice con el orgullo del que sabe las maravillas del Sistema:
-“Claro que sí, señorita. Usted sólo necesita este ticket, una foto, 30 euros y sale de aquí hoy con DNI y Pasaporte”.
-“¿30 euros?”.
- “10 el DNI, 20 el Pasaporte”.
-“En Mataró me costó 895 pesetas. Ahora sólo llevo 25 euros”.
Y el policía, mira el reloj y me revela la maldición de su engranaje perfecto: “En un minuto encenderé el panel y aparecerá el número uno. Y le tocará a usted. Si al llegar este momento no tiene aquí los 30 euros no le podremos hacer DNI y pasaporte. Y, si sale a sacar dinero, perderá su turno, porque sólo le queda un minuto y no le da tiempo de ir y volver. Así que hoy no se lo va a hacer. Tendrá que volver otro día”.
Con una resignación automática digo: “¿Tengo que volver otro día?”. Y me grita: “¡¡Claro que no, corre!! ¡¡Ve a sacar dinero!! ¡¡Inténtalo!! ¡¡NO PIENSES, ACTÚA!! ¡¡Ve!! ¡¡Ve!!”.
Confusa, salí corriendo a la voz de la ley. Corrí y corrí sin pensar. Me paré en el primer cajero que vi, saqué 20 euros, me cobraron 0.80 de comisión y corrí otra vez hacía la Comisaría. Llego y me dice el tío: “Has ido muy rápido. Muy bien. Toma, te he guardado el número, ve a la mesa 17”.
¿Por qué primero me dijo que perdería el turno y luego me había guardado el número?
¿Por qué me dijo que no podía ir a un cajero y luego me gritó para que fuera?
¿Por qué va armado un hombre que tiene como lema ante una situación de mínimo conflicto “no pienses, actúa”?
Ah, la picaresca.
Adiós.
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14 enero 2009
Sobre la caca.
Dos experiencias con la caca.
Son marrones, apestan, salen del culo. Mil cosas. Pero lo que más le llama la atención de la caca es que no habla. Sí, Rafa. Hay muchas cosas que no hablan: las mesas, los bolis, el soufflé, los limones, los ambientadores de coche... muchas.
De todas formas, si una caca hablara, ¿qué diría? ¿Siempre me juzgan por mis orígenes? ¿La diarrea es nuestro Holocausto? ¿No nos gusta que se refieran a nosotros como mierda? Los caminos de la caca son inescrutables.
Segunda. Un amigo al que le veo el pene muy a menudo me contó que tenía en mente un proyecto. Hacía tiempo que pensaba en la posibilidad de inventar un producto químico comestible que convirtiera tu caca en caca fluorescente. Yo estuve de acuerdo en que un zurullo que brilla en la oscuridad es una de las cosas más siniestramente bellas que se pueden imaginar, pero que no le veía utilidad y que dudaba que alguien quisiera invertir en esto.
Tras una pausa dramática, añade: "ya, pero si este producto se lo das para comer a los perros te aseguras que nunca más pisarás una caca de noche".
Conclusión. ¡Ah, la caca! ¡Desecho infalible que a todos pone en su lugar! Dime cómo te tomas la caca y te diré quién eres: un genio o un subnormal profundo. Poned vosotros las etiquetas.
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Primera. "Fama, a bailar". Un alumno, por orden de Rafa (el profesor de funky), estaba trabajando su expresividad facial. Es decir, hacía muecas para que luego cuando bailara se nos pusiera a todos la piel de gallina. Cuando termina, Rafa se acerca y le dice:
-(Pausa dramática) Eres una caca. (El alumno asiente) ¿Cómo es una caca? (El alumno hace con los hombros "no lo sé") Una caca no dice nada. Una caca no habla. Como tu cara.
Son marrones, apestan, salen del culo. Mil cosas. Pero lo que más le llama la atención de la caca es que no habla. Sí, Rafa. Hay muchas cosas que no hablan: las mesas, los bolis, el soufflé, los limones, los ambientadores de coche... muchas.
De todas formas, si una caca hablara, ¿qué diría? ¿Siempre me juzgan por mis orígenes? ¿La diarrea es nuestro Holocausto? ¿No nos gusta que se refieran a nosotros como mierda? Los caminos de la caca son inescrutables.
Segunda. Un amigo al que le veo el pene muy a menudo me contó que tenía en mente un proyecto. Hacía tiempo que pensaba en la posibilidad de inventar un producto químico comestible que convirtiera tu caca en caca fluorescente. Yo estuve de acuerdo en que un zurullo que brilla en la oscuridad es una de las cosas más siniestramente bellas que se pueden imaginar, pero que no le veía utilidad y que dudaba que alguien quisiera invertir en esto.
Tras una pausa dramática, añade: "ya, pero si este producto se lo das para comer a los perros te aseguras que nunca más pisarás una caca de noche".
Conclusión. ¡Ah, la caca! ¡Desecho infalible que a todos pone en su lugar! Dime cómo te tomas la caca y te diré quién eres: un genio o un subnormal profundo. Poned vosotros las etiquetas.
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31 diciembre 2008
Decíamos ayer.
He pensado durante cinco largos minutos cómo escribir un post sin justificarme, sin buscar una excusa que explique por qué no escribo desde julio. Pero me ha sido imposible, en parte por la fuerte educación cristiana que no recibí, con todo lo de la culpa, la expiación y todo el rollo, en parte porque me gusta pensar que hay gente que lee este blog y espera alguna explicación.
Como algunos sabréis, he tenido un hijo medio monguer: PostLost (por cierto, ya está el último capítulo). Eso quita mucho tiempo. La paternidad no está clara: 1dia1causa o Pajasmentales. Una, que es muy puta.
Y luego ya está todo aquello de la pereza, la falta de rigor y una situación de felicidad absoluta que me ha mantenido alejada de este blog. No sé si era Bécquer o algún que otro tuberculoso quien decía “cuando siento, no escribo”. Él se refería a que cuando estás viviendo no te paras a escribir, porque estás por lo que hay que estar, que es disfrutar. Yo, cuando soy feliz, tampoco escribo. No por este motivo que acabo de decir, que me parece muy bien en tu siglo de gente antigua, pero ahora te harían mobbing en tu oficina de poetas. No. Yo cuando soy muy muy feliz no escribo porque sólo me saldrían posts de confettis, ponys y otros animales graciosamente y bellamente desproporcionados que, con un nivel de endorfina estándar, deberían tirar para atrás. Así que he esperado a digerir todo lo bueno que estaba pasando; a aceptar esa felicidad; y a poder mirarla con distancia (uy sí, la postmoderna). Ahora ya puedo volver a cultivar el noble arte del RESQUEHUMOR.
No prometo rigor, ni sangre, ni sudor, ni lágrimas. Prometo… cosas, de vez en cuando.
Pero vuelvo, como el turrón de ajo.
Y feliz año nueve, un chiste que si no os habían hecho es porque salís muy poco.
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Como algunos sabréis, he tenido un hijo medio monguer: PostLost (por cierto, ya está el último capítulo). Eso quita mucho tiempo. La paternidad no está clara: 1dia1causa o Pajasmentales. Una, que es muy puta.
Y luego ya está todo aquello de la pereza, la falta de rigor y una situación de felicidad absoluta que me ha mantenido alejada de este blog. No sé si era Bécquer o algún que otro tuberculoso quien decía “cuando siento, no escribo”. Él se refería a que cuando estás viviendo no te paras a escribir, porque estás por lo que hay que estar, que es disfrutar. Yo, cuando soy feliz, tampoco escribo. No por este motivo que acabo de decir, que me parece muy bien en tu siglo de gente antigua, pero ahora te harían mobbing en tu oficina de poetas. No. Yo cuando soy muy muy feliz no escribo porque sólo me saldrían posts de confettis, ponys y otros animales graciosamente y bellamente desproporcionados que, con un nivel de endorfina estándar, deberían tirar para atrás. Así que he esperado a digerir todo lo bueno que estaba pasando; a aceptar esa felicidad; y a poder mirarla con distancia (uy sí, la postmoderna). Ahora ya puedo volver a cultivar el noble arte del RESQUEHUMOR.
No prometo rigor, ni sangre, ni sudor, ni lágrimas. Prometo… cosas, de vez en cuando.
Pero vuelvo, como el turrón de ajo.
Y feliz año nueve, un chiste que si no os habían hecho es porque salís muy poco.
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09 julio 2008
S.O.S.
Ayer volvía a casa escuchando un programa de radio de madrugada, de esos en los que la gente llama y expone sus dudas. Os dejo aquí el sobrecogedor (y REAL) testimonio de Mr. X.
“Yo dejé a un amigo 3.000 euros, que me los pidió para montar un negocio. Me dijo que me los devolvería, que cuando recuperara me los devolvería... Y yo pasaba el tiempo y le preguntaba y nunca me los devolvía. Hasta que me dijo que no podía pagarlo y que no me los iba a devolver. Claro, eso es robar. Ahora yo estoy muy mal... porque no tengo dinero... tampoco tengo trabajo... ni ganas de buscar trabajo... vivo del paro. Cuando me lo dijo me enfadé y le quemé el coche. A ver, yo lo hice un poco por represalias (sic). Me pillaron. Ya sé que quemarle el coche no me va a devolver el dinero... pero la policía me dijo que por la matrícula que tenía el coche (sic) a él le costaría 3.000 euros. O sea, que más o menos estamos en paz. Esto bien. Pero claro, a mí eso no me va a devolver el dinero, sigo sin dinero... y tampoco estoy contento, pero él tampoco. Pero yo cogí un litro y medio de gasolina y le quemé el coche. Que se joda. Lástima lo de la policía. Estaba muy enfadado. A lo mejor tendría que haberle quemado el coche de madrugada, porque se lo quemé a las cinco de la tarde en su barrio y la gente me vio. Ahí no estuve bien. Hay fotos y todo de yo quemando el coche. Testigos y eso. Pero es que estaba muy enfadado, porque me había robado.
Entonces, lo que yo quería preguntar, si nos está escuchando algún abogado o alguien que entienda de leyes: ¿a mí lo que hice me puede llevar a juicio?”.
Me hago eco de su demanda y pido a cualquier abogado o persona que entienda de leyes que lea este blog que dé una respuesta a Mr. X. No merece vivir en la inopia. También abro una cuenta bancaria para regalarle 3.000 euros. Con la voluntad de todos, podremos ayudar a un loco del Primer Mundo. Cada día que pasa y tú no contribuyes, Max Mosley viola a un perro lazarillo.
“Yo dejé a un amigo 3.000 euros, que me los pidió para montar un negocio. Me dijo que me los devolvería, que cuando recuperara me los devolvería... Y yo pasaba el tiempo y le preguntaba y nunca me los devolvía. Hasta que me dijo que no podía pagarlo y que no me los iba a devolver. Claro, eso es robar. Ahora yo estoy muy mal... porque no tengo dinero... tampoco tengo trabajo... ni ganas de buscar trabajo... vivo del paro. Cuando me lo dijo me enfadé y le quemé el coche. A ver, yo lo hice un poco por represalias (sic). Me pillaron. Ya sé que quemarle el coche no me va a devolver el dinero... pero la policía me dijo que por la matrícula que tenía el coche (sic) a él le costaría 3.000 euros. O sea, que más o menos estamos en paz. Esto bien. Pero claro, a mí eso no me va a devolver el dinero, sigo sin dinero... y tampoco estoy contento, pero él tampoco. Pero yo cogí un litro y medio de gasolina y le quemé el coche. Que se joda. Lástima lo de la policía. Estaba muy enfadado. A lo mejor tendría que haberle quemado el coche de madrugada, porque se lo quemé a las cinco de la tarde en su barrio y la gente me vio. Ahí no estuve bien. Hay fotos y todo de yo quemando el coche. Testigos y eso. Pero es que estaba muy enfadado, porque me había robado.
Entonces, lo que yo quería preguntar, si nos está escuchando algún abogado o alguien que entienda de leyes: ¿a mí lo que hice me puede llevar a juicio?”.
Me hago eco de su demanda y pido a cualquier abogado o persona que entienda de leyes que lea este blog que dé una respuesta a Mr. X. No merece vivir en la inopia. También abro una cuenta bancaria para regalarle 3.000 euros. Con la voluntad de todos, podremos ayudar a un loco del Primer Mundo. Cada día que pasa y tú no contribuyes, Max Mosley viola a un perro lazarillo.
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07 julio 2008
Las leyes de la esteticien.
- ¿Qué es de Pilar?
- Arrancar los pelos uno a uno.
Chiste anónimo y popular
- Arrancar los pelos uno a uno.
Chiste anónimo y popular
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Comentarios/humillaciones reales que me ha soltado mi esteticien.
A ti, Laura, por ser como eres y por intentar corregir esta retahíla de ofensas a la belleza que crees firmemente que soy.
ESTETICIEN (apartándome el flequillo para hacerme las cejas): ¡Uuuuh! Hacía mucho que no venías, ¿no?
A ti, Laura, por ser como eres y por intentar corregir esta retahíla de ofensas a la belleza que crees firmemente que soy.
ESTETICIEN (apartándome el flequillo para hacerme las cejas): ¡Uuuuh! Hacía mucho que no venías, ¿no?
Primera ley de la esteticien: aunque la clienta viniera hace una semana debes generarle la sensación de que cuando no está en tus manos el tiempo la estropea al doble de velocidad. Si crees que la pregunta retórica es una figura demasiado sutil, tira de hipérbole: ¡Uuuuh! (cogiendo el teléfono) Manolo, no me esperes a cenar que se me ha girado trabajo.
ESTETICIEN: Madre mía... ¿quién te lo hizo la última vez?
JÚLIA: Tu compañera.
ESTETICIEN: Arfjfkd dkdd... (murmullos inaudibles)
ESTETICIEN: Madre mía... ¿quién te lo hizo la última vez?
JÚLIA: Tu compañera.
ESTETICIEN: Arfjfkd dkdd... (murmullos inaudibles)
Segunda ley de la esteticien: sólo tú sabes qué le conviene a la clienta. Cualquier otra de tus compañeras estropea el arduo trabajo de reinserción que estás haciendo con la clienta/monstruo. Ella debe confiar en ti más que en ninguna otra persona. Si no, no te comprará ningún producto al módico precio de 40euros/20ml.
ESTETICIEN: ¿En la última limpieza no te recomendé un exfoliante?
JÚLIA: Sí, me lo pongo una vez por semana.
ESTETICIEN: Pues está claro que no te funciona.
ESTETICIEN: ¿En la última limpieza no te recomendé un exfoliante?
JÚLIA: Sí, me lo pongo una vez por semana.
ESTETICIEN: Pues está claro que no te funciona.
Tercera ley de la esteticien: acaba con la autoestima de la clienta. Cuánto más fea se crea, más creerá que te necesita. La clienta debe estar agradecida porque le has proporcionado cuatro paredes entre las que esconderse.
JÚLIA: Oye, ¿cada cuando es aconsejable una limpieza de cutis?
ESTETICIEN: Si eres de cuidarte, una vez cada seis meses... pero veo que tú eres más de una vez al año.
JÚLIA: Oye, ¿cada cuando es aconsejable una limpieza de cutis?
ESTETICIEN: Si eres de cuidarte, una vez cada seis meses... pero veo que tú eres más de una vez al año.
Cuarta ley de la esteticien: normalmente la clienta está tumbada en una camilla, untada de algún producto, en bragas o en sujetador. No te cortes a la hora de insultarla, no está en situación de defenderse.
ESTETICIEN: Hoy te has maquillado, ¿no?
JÚLIA: ¿Hoy? Corrector y sombra me pongo siempre.
ESTETICIEN: Ah... será que otras veces vienes más tarde y ya estás demacrada.
ESTETICIEN: Hoy te has maquillado, ¿no?
JÚLIA: ¿Hoy? Corrector y sombra me pongo siempre.
ESTETICIEN: Ah... será que otras veces vienes más tarde y ya estás demacrada.
Quinta ley de la esteticien: la corrección lingüística es una lacra. “Demacrada”, “envejecida”, “estropeada” o “picassiana” son palabras más gráficas. Los eufemismos sólo llevan a engaño. Ayuda a tu clienta.
Laura, nos vemos el miércoles a las 19:30.
Laura, nos vemos el miércoles a las 19:30.
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Yo, a los ojos de Laura. He reducido el tamaño de la foto para no herir sensibilidades..
03 julio 2008
RIP.

Ha muerto Teresita. No murió ayer, ni antes de ayer, ni hace una semana o un mes... Teresita lleva muerta hace años, pero yo no me había enterado. Así era de discreta.
Teresita regentaba la tienda de chuches que había al pie de la cuesta de mi colegio. Todos los niños y niñas salíamos corriendo a las cinco de la tarde, ansiosos de azúcar, y nos amontonábamos en el mostrador, esperando comprar esas chuches que sabían a final de clase. La tienda era muy pequeña. No tenía puerta. De haberla tenido, hubiera chocado con el mostrador al abrirla. Teresita había estado esperando todo el día, sentada en una silla de camping, y nos recibía con la mejor de sus “a ver, no gritéis y en orden, ¿eh?”. Mirábamos fascinados la exposición de chucherías pegadas entre sí dentro de las cajas de plástico siempre abiertas. Sólo veíamos el color de las chuches cuando las comíamos en el parque de delante; la tienda era tan vieja y gris que lo impregnaba todo del mismo tono. Quizá Teresita era un pibonazo rubio de 20 años, pero en la Teresita Store parecía una mujer muy vieja y muy antipática. Aún así era nuestro camello y la amábamos.
Teresita nos odiaba, y así nos lo hacía saber. No le gustaban los niños. Teresita no tenía nietos; porque tampoco tuvo hijos. Sí que tenía marido, un viejo gordo y entrañable. Seguramente fue idea suya poner el negocio. Todos rezábamos para tener la suerte de que nos atendiera él, pero sólo despachaba muy de vez en cuando. Casi a diario, teníamos que lidiar con Teresita. Con voz temblorosa, los niños empezábamos a guiar sus manos artríticas entre las cajas de chucherías: “dame una lengua... una dentadura... una de esas de las pastillas pica-pica... un dedo... una de eso... no, de al lao... no, de al otro lao... y una mora... ¡roja, roja, roja!”. Pero Teresita pasaba y nos enchufaba la mora negra, porque “ya la he tocado y lo mismo te da que todo sabe igual”. Se caracterizaba por un tipo de atención al cliente que establecía una relación de masoquismo con el comprador. Cada día te caía una bronca, eso seguro. La bronca más grande te caía si osabas preguntarle “¿cuánto llevo?”. “Tendrías que llevar tú la cuenta, que para eso vas al colegio”.
Jamás te miraba a la cara. Sólo escuchaba nuestra voz mientras miraba hacía el exterior, hacia esa puerta que no tenía... pensando, quizá, en qué haría luego. ¿Qué haría luego? Pues no lo sé. Un día fui al instituto y no volví por allí. Lo único que sé que ha hecho fuera de esa tienda es morir.
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Cuando me enteré de su muerte le pregunté a mi madre. “¿Teresita? ¡Uh! No hace años que está muerta...”. “¿Y de qué murió?”. “Pues de vieja”. Aha, sí... esa larga y terrible enfermedad.
En fin, Teresita, por mi sin rencor. Tenías razón: tampoco había tanta diferencia entre las moras rojas y las negras. Esta noche, en tu honor, dispararé con un cañón 20 fresinatas, esa chuche que en tu tienda valía el doble porque era la más demandada. ¡Ja! ¡Marketing a ti!
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