Mi padre es un hombre que habla, quizá, tres veces al año: por su cumpleaños, por Navidad y cuando gana el Barça. Sólo se preocupa por su mujer y por sus cuatro hijos. No le importa nadie más. Todo el mundo le cae mal hasta que se demuestre lo contrario. Y si nunca se demuestra, no pasa absolutamente nada. Tiene su grupo de amigos de toda la vida, con los que va a la montaña, a esquiar, a montar en bici o a saltar barrancos. Si alguien puede ser tan sorprendente o tan interesante como la Naturaleza, que le llame. Si no, que le dejen en paz.
Según él, ahora le tocaría estar tranquilo y retirado en un refugio de montaña, con mi madre. Él se dedicaría a ir en bata y a asustar a los niños del pueblo. Mi madre, a desmentir su locura. Y así serían felices. El glorioso día aún no ha llegado, pero sí los sesenta –aunque todavía recuerde orgulloso el día, hará sólo unos diez años, en que le echaron treinta y ocho. Ha empezado a hacer una vida más reposada y convencional: salen a pasear por las calles de Mataró, cenan con otros matrimonios y aprenden a usar Internet (su chiste estrella: “yo no navego; naufrago”). Mi madre le obliga a socializarse y Ramon cumple, porque tiene claro que esto de relacionarse con otros es un trámite: sabe que acabarán en su refugio porque en la vida le ha pedido nada a nadie y siempre ha aguantado todo lo que ha caído. Y él sabe que el Tiempo pone a todo el mundo en su lugar. O sea que le deben una.
Pero mientras no se ajustan las cuentas divinas, tiene que hacer vida mundana. Y hacer un enorme esfuerzo para adaptarse y copiar el comportamiento del resto de los humanos. De momento todo marcha según el plan, nadie ha descubierto su verdadera identidad. Aunque el otro día me confesó –se acerca la Navidad, que hable es algo lícito- que tenía una duda en cuanto a la forma de relacionarse. Hasta la fecha y hasta donde llegaba su experiencia, dos hombres, si eran amigos/conocidos, cuando se encontraban, se abrazaban y se daban un par de golpes en la espalda. Pero resulta que, según ha observado, ahora se ha puesto de moda abrazarse y frotar con la mano la espalda del otro. Y eso no es un abrazo, es un frotamiento. ¿Y por qué querría alguien frotar a otro? Luego, me miró fijamente y me preguntó: “¿Tú sabes algo de eso?”.
Juro por mi padre que no, que no sé nada. Pero sólo por el esfuerzo que está haciendo, sólo porque sé que se está dejando frotar la espalda para no montar en cólera y darle un disgusto a mi madre, preguntaré por ahí, a ver qué se sabe. Si tiene que pasar por ello, merece tener una explicación. Una explicación racional. Su creencia en la Justicia Divina no contempla el acto de fe.

4 apreciaciones:
Júlia, això és molt important: sota cap concepte pots permetre que el teu pare arribi a saber que hi ha homes heterosexuals que se saluden fent-se 2 petons. Treu-li la tele, limita les seves visites al carrer, però que no ho sàpiga. Aquesta informació podria trastocar el seu món per sempre.
Y sobretodo, que nunca se entere que es totalmente normal que a un hombre hererosexual le peten el cacas en el metro.
Porque eso es normal, ¿no?
Me cae bien tu padre.
OMFG
puede ser el mejor post que haya leído nunca!
aparte de que tu padre es exactamente = al mío, sacando lo de internet xD
Un blog genial
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