Navidad de 1994. En realidad, no recuerdo qué año fue. He supuesto que yo tendría diez años porque ya era lo suficientemente mayor como para manipular pegamento de barra. En mi casa, cuando el hijo cumple diez años, es tradición entregarle una barra de pegamento como símbolo del paso de la niñez a la edad sensata de no hacer tonterías. Cuando cumple once, se le retira, como símbolo de error.
Esa Navidad quise hacer algo bonito para mi familia. En el colegio nos enseñaron que los mejores adornos navideños son los que se hacen desde el corazón y con tus propias manos. Todos los niños de la clase habíamos hecho un pesebre, es decir, pintamos con estricto cromatismo aleatorio unos dibujos de los personajes del belén. Luego los recortamos y, con unas pestañas, los pusimos de pie sobre un fondo de Jerusalén que habían dibujado los profesores –los únicos que, por mera cuestión de edad, sabían qué era Jerusalén. Recuerdo el enorme impacto que me supuso que la Virgen fuera negra y llevara un vestido hecho con la bandera del Barça. Aún así, era un pesebre bonito. Fue años más tarde cuando descubrí que si un trabajo manual del colegio nos puede llegar a parecer hermoso o harmónico es porque lo coordina un profesor de primaria, que es una persona que se ha pasado cuatro años estudiando para aprender a fingir que dibuja como un niño-espabilado-de-clase-media-alta-de-entre-5-y-10-años.
Esa Navidad, digo ya por tercera vez, o sea, la Navidad del 96, hice para el pesebre familiar una bella estrella para que guiara a Sus Majestades y a Sus Pajes. No quise innovar, seguí un patrón clásico: dibujé una estrella fugaz en una caja de zapatos, la recorté, la unté de pegamento y la llené de purpurina dorada. Se la regalé a mi madre, le vino una arcada y la puso en el pesebre. Porque, antes que critica de arte, es madre.
Quizá porque las opciones de ocio eran muy limitadas, quizá porque quería que mi madre viera que su hija tenía algún talento, pensé que una broma relajaría el ambiente y haría que todos dijeran entre risas y golpecitos en la espalda: “aiii… ¡pero que salada que es la niña!”. Y lo primero que se me pasó por la cabeza fue hacer algo con una nuez. En mi casa abundaban porque por la tele decían que algunas contenían una pepita de oro, y que si te tocaba te hacías millonario. Y por probar no perdíamos nada. Al contrario, ganábamos colesterol. Así que cogí la cáscara –las dos mitades- de una nuez que había comido mi padre, me la llevé a la habitación y la volví a pegar, absolutamente vacía. Luego, disimulando, la volví a dejar en el cesto de los frutos secos y los turrones. Mi chisporroteante plan era que alguien abriera la nuez (jajaja…) y… y… (madre mía cómo os vais a reír…) y… se la encontrara (prfffffff…) vacía. ¡¡Jajajajajajajaja!! ¡¡Vacía!! ¿Lo pilláis? ¡¡Una nuez y vacía!! Dios, qué risa…
Así que me pasé horas con los ojos clavados en esa nuez, vigilando a todos los que se acercaban. No quería perderme el glorioso momento en que alguien cogiera mi nuez trucada y descubriera que no llevaba fruto.
“¡Oh! ¡Está vacía!”, diría la víctima.
“¿Qué dices? ¿Cómo va a estar vacía? Déjame ver. (…) ¡Está vacía!”, diría otro.
Desconcierto, especulaciones yyy… “que es una bromaaa… ¡que he sido yo que soy la monda!”.
TODOS: “Jajajajajajaja”.
10 minutos de la familia riendo mi ocurrencia e intentando averiguar cómo lo había hecho.
Pero eso jamás sucedió. El tiempo pasaba y mi nuez seguía sin comer: ese día preferían higos o cogían la nuez de al lado. Me rendí muy rápido. Era cuestión de tiempo que alguien la comiera, pero el hecho de que no fuera tan inmediato como pensaba, me quitó la ilusión. Poéticamente, diré que cerré los ojos y perdí la nuez de vista para siempre; quise olvidarme y abandoné vilmente a mi chiste no-nato. Puestos a no mentir, diré que me entró el pánico, intenté retirar la nuez para ir llorar a mi cuarto pero con el cabreo y los nervios no supe cuál era. Estaba claro, el chiste no iba a entrar.
“¡Oh! ¡Está vacía!”, diría la pobre persona que sólo quería comer una nuez en paz.
“¿Qué dices? ¿Cómo va a estar vacía? Déjame ver. (…) ¡Está vacía!”, diría otra de las personas sensatas de casa.
Desconcierto, especulaciones yyy… “que es una bromaaa… ¡que he sido yo que soy la monda!”.
“¿Te lo dije o no que esta niña era imbécil?”.
Me fui para no ver mi derrota.
Poco imaginaba que, minutos después, mi padre abriría la nuez y el giro de los acontecimientos elevaría la travesura a la categoría de sketch. La nuez estaba vacía, sí, pero contenía un poco de purpurina… de esa purpurina dorada que, después de haber hecho la estrella, quedó milagrosamente en la barra de pegamento. Al utilizar el mismo pegamento para enganchar la cáscara, quedó allí pegada, sin yo saberlo.
“¡Oh! ¡Está vacía!”, dijo mi padre.
“¿Qué dices? ¿Cómo va a estar vacía? Déjame ver. (…) Qué raro… pero si brilla. (…) ¡La pepita de oro! ¡Nos ha tocado la pepita de oro! ¡Esto es polvo de la pepita! ¡Seguro que te ha caído! ¡¿Dónde está la pepitaaaaaa?!”, dijo mi madre.
Terror, toda la familia agachada buscando la pepita, levantando sofás yyy… (no, no aparezco en esta historia. Recordad que estoy llorando en mi cuarto)
TODOS: “¡¿Pero cómo podemos ser tan desgraciados?!”
Moraleja del cuento: en estas fechas tan señaladas, no perdáis la oportunidad de hacer sentir mal a la gente que queréis.
Epílogo: yo me enteré de lo que pasó unos meses más tarde, cuando mi madre contaba a una amiga la mala suerte que teníamos, “que una vez que nos toca algo y perdemos la pepita”.
Me entró el pánico de nuevo. Y callé. Acababa de saber que había perdido millones y millones de pesetas; no quería perder el amor de mi madre el mismo día.