19 marzo 2008

La hostia a tiempo.

Ahora pegar a los hijos está muy mal visto. Pero hubo una época de libertad en la que las playas de este país estaban llenas de madres que, cubo en mano, podían perseguir a sus hijos para azotarles o lanzarles el cubo si el niño corría más. Nadie se escandalizaba. Porque antes era universalmente aceptado que el hombre es bueno por naturaleza, pero los niños son unos hijos de puta.

No seré yo quien diga que hay que pegar a los niños. Pero sí que diré que son proyectos de persona que todavía no pueden pensar con claridad... y que una hostia ayuda a aclararles las ideas. Es lo que se conoce como la hostia a tiempo.

La hostia a tiempo, si está bien dada, es decir, cuando toca, es el mejor método pedagógico. El niño entiende el motivo y agradece la hostia. Una hostia se puede dar siempre, pero una hostia a tiempo está necesariamente ligada a un período temporal concreto: la del desarrollo del niño. Pero no en cualquier momento de su desarrollo, sino justo en ese momento en el que empieza a aflorar su gilipollez.

Veamos un ejemplo práctico y real. Mi hostia a tiempo.

Contaba yo con cuatro/cinco años. Como fui una niña muy espabilada (mi madre –persona objetiva en todo lo que a mí se refiere- asegura que a los nueve meses ya me levantaba, me apoyaba a la pared y bailaba; y, que a los tres años, cuando mi hermano me decía “fea” yo entraba en crisis de identidad profunda que iban del pataleo a los raciocinios de “lo que importa es el interior”) desarrollé mi gilipollez también de forma bastante prematura. Pero eso mi madre no podía saberlo.

Hasta que un día, le dijo a su responsabilísima hija:

- “Vigila la olla que está en el fuego, que voy un momento al baño”.

Mi trabajo consistía exactamente en eso: en mirar la olla desde lejos y asegurarme que no pasara nada. ¿Qué le puede pasar a una olla? Nada, son objetos inanimados, pero supongo que es aquello de que el fuego da desconfianza... que basta que no estés mirando para que entre un gato por el balcón, le de un golpe a la olla, se derrame el contenido... y queme al gato, no sé. No es una gran trama, pero puede suceder. Así que me quedé vigilando esa olla. Pero a los diez segundos ya vi que aquello era lo más aburrido del mundo y pensé: “dale tú la vidilla que no tiene, tonta... venga, mujer, que a ti te va eso del humor...”.

Y sí, sí. Empecé a gritar como una loca que la cocina estaba ardiendo. Mis gritos de pánico fueron tan realistas que lograron el objetivo inicial: que se lo tragara mi madre. Pero el hecho de jugar con la integridad de su casa y la vida de su hija, que ella imaginaba envuelta en llamas, alteraron el desarrollo y el final de la broma: mi madre salió como una loca del baño, gritando, golpeándose contra la puerta y la pared, llegó a la cocina, vio que no pasaba nada y, sin vacilar un momento y aprovechando la inercia de la carrera, me dio una hostia que me tuvo girando sobre mi propio eje hasta el día de mi comunión.

La verdad es que cuando la vi golpeándose contra la puerta ya pensé que aquello no podía acabar bien... que muy difícilmente nos reiríamos las dos y se lo contaríamos a toda la familia como “anécdota del día”. Pero gracias a esa hostia a tiempo entendí que había sido tan gilipollas de hacer creer a mi madre que la casa se estaba quemando, con su hija dentro. Las neuronas se me alinearon. Lloré, pero no era un ataque: lloraba porque me daba cuenta de lo imbécil que había sido y me daba vergüenza; porque no tenía justificación posible.

No recuerdo qué pasó luego, si me gritó, si me ignoró o si me castigó. Quizá sea porque el impacto acabó con alguna función cerebral. Pero no me importa. Me lo merecía. Y también me extirpó parte de la gilipollez (he hecho otras imbecilidades, desde luego, pero nunca más hacer creer a mi madre que uno de sus hijos se moría... son muy sensibles al respecto).

Ese mismo día comprendí que la frontera entre el humor y el mal gusto es extremadamente delgada. Y, en mi trabajo, nunca, jamás, me han vuelto a dar una clase tan magistral como esa.

(dicho con lágrimas en los ojos y con una música así como de cosa importante) ¡GRACIAS, MAMÁ, POR MI HOSTIA A TIEMPO!

Madres, padres, denle a sus hijos. Si realmente esa hostia es una hostia a tiempo, no los denunciarán: se lo agradecerán. Como mucho, dieciocho años más tarde, lo contarán en su blog. Pero cuando lo lean los de Protección al Menor, ya habrá prescrito.

5 apreciaciones:

Lord Chyron dijo...

Entre això i lo de la nou, m'adono que portes una mestra de l'engany a dins. Has pensat en fer-te política? Jo et votaria, els enganys sempre entren millor quan són d'un conegut.

Ah, i a mi els meus pares mai em pegaven ni em castigaven, diguem que hi va haver alguna òstia, però sens dubte ja no a temps. Sort en tenien que de petit era tan ruc que mai vaig aprofitar aquesta circumstància: era un bon nen. Em faig fàstic.

vittt dijo...

Ara les òsties a temps les donen els fills al pares, segons com...

Ghandi dijo...

Mmmmmm... i ara de grandeta també et va la marxa, eh? quieres que té de unos azotes ¿?verdad? ¿verdad?... (quin comentari més trist)

UN6YUN4 dijo...

estoy de acuerdo, aunque yo prefiero apagarles los cigarros en las plantas de los pies para que a la hora de tener que hostiarlos no se me escapen corriendo...

albert dijo...

Al contrari Ghandi, a mi el teu comentari m'ha fet força gràcia.