03 julio 2008

RIP.


Ha muerto Teresita. No murió ayer, ni antes de ayer, ni hace una semana o un mes... Teresita lleva muerta hace años, pero yo no me había enterado. Así era de discreta.


Teresita regentaba la tienda de chuches que había al pie de la cuesta de mi colegio. Todos los niños y niñas salíamos corriendo a las cinco de la tarde, ansiosos de azúcar, y nos amontonábamos en el mostrador, esperando comprar esas chuches que sabían a final de clase. La tienda era muy pequeña. No tenía puerta. De haberla tenido, hubiera chocado con el mostrador al abrirla. Teresita había estado esperando todo el día, sentada en una silla de camping, y nos recibía con la mejor de sus “a ver, no gritéis y en orden, ¿eh?”. Mirábamos fascinados la exposición de chucherías pegadas entre sí dentro de las cajas de plástico siempre abiertas. Sólo veíamos el color de las chuches cuando las comíamos en el parque de delante; la tienda era tan vieja y gris que lo impregnaba todo del mismo tono. Quizá Teresita era un pibonazo rubio de 20 años, pero en la Teresita Store parecía una mujer muy vieja y muy antipática. Aún así era nuestro camello y la amábamos.

Teresita nos odiaba, y así nos lo hacía saber. No le gustaban los niños. Teresita no tenía nietos; porque tampoco tuvo hijos. Sí que tenía marido, un viejo gordo y entrañable. Seguramente fue idea suya poner el negocio. Todos rezábamos para tener la suerte de que nos atendiera él, pero sólo despachaba muy de vez en cuando. Casi a diario, teníamos que lidiar con Teresita. Con voz temblorosa, los niños empezábamos a guiar sus manos artríticas entre las cajas de chucherías: “dame una lengua... una dentadura... una de esas de las pastillas pica-pica... un dedo... una de eso... no, de al lao... no, de al otro lao... y una mora... ¡roja, roja, roja!”. Pero Teresita pasaba y nos enchufaba la mora negra, porque “ya la he tocado y lo mismo te da que todo sabe igual”. Se caracterizaba por un tipo de atención al cliente que establecía una relación de masoquismo con el comprador. Cada día te caía una bronca, eso seguro. La bronca más grande te caía si osabas preguntarle “¿cuánto llevo?”. “Tendrías que llevar tú la cuenta, que para eso vas al colegio”.

Jamás te miraba a la cara. Sólo escuchaba nuestra voz mientras miraba hacía el exterior, hacia esa puerta que no tenía... pensando, quizá, en qué haría luego. ¿Qué haría luego? Pues no lo sé. Un día fui al instituto y no volví por allí. Lo único que sé que ha hecho fuera de esa tienda es morir.
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Cuando me enteré de su muerte le pregunté a mi madre. “¿Teresita? ¡Uh! No hace años que está muerta...”. “¿Y de qué murió?”. “Pues de vieja”. Aha, sí... esa larga y terrible enfermedad.

En fin, Teresita, por mi sin rencor. Tenías razón: tampoco había tanta diferencia entre las moras rojas y las negras. Esta noche, en tu honor, dispararé con un cañón 20 fresinatas, esa chuche que en tu tienda valía el doble porque era la más demandada. ¡Ja! ¡Marketing a ti!
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4 apreciaciones:

Bart dijo...

(Collons filla, qué prolífica estàs!)

Parece que los dulces amargan la vida de quien los vende. En mi vida también hubo una Teresita. Supongo que también habrá muerto. ¿Existirá un infierno para chucherólogas? Espero que sí.

albert dijo...

Delante de mi colegio había uno idéntico, Cala Farrera se llamaba y la tia también era una vieja cascarrabias. El abuelete era mas buena persona. Ella se ponia de muy mala leche si mientras pedias ibas dando golpecitos con la moneda (de 25ptas por ejemplo) en el mostrador. El "¿Cuanto llevo?" era un clásico magnífico, se ha perdido. Recuerdo que allí también compré mi primera y única peonza.

Supongo que ambós estaran muertos también.

Ghandi dijo...

No s'enganyin, les tendes de xuxes són una franquicia i funcionen a tot arreu igual: tenen les mateixes mores, les mateixes fesinatas, nuves, etc. i la mateixa vella japuta inpirada en Hansel i Gretel. Sort que ja s'estan imposant les xuxes self-service amb aquelles pinces que no funcionen i la nena bakalaera que controla i pesa la mercaderia.

Júlia dijo...

Ahora que las chuches van a peso el precio se ha disparado una barbaridad. Veinte unidades te cuestan como 1,80 euros, que son 300 pesetas de las antiguas (no de las últimas pesetas, no, de las antiguas), y antes te valían 100 pesetas. Estoy harta de oír que si ha subido el tomate, la verdura, la carne, la luz y la gasolina. Ya sería hora que alguien llevara este tema a debate, porque si hay alguien que no puede afrontar una subida de precios es un niño.