Se conoce que me he apuntado a yoga. Lo explico. Un día de agosto de 2009. 12 del mediodía. Estoy tumbada en el sofá, apurando las vacaciones. Pienso que quizá debería hacer algo más provechoso o veraniego, pero rápidamente cambio de opinión y me digo que mi plan ya me convence. Alargo la mano para coger el mando de la tele y el mando cae al suelo, se abre la tapa y las pilas ruedan debajo del sofá. Me incorporo, me agacho para coger las pilas y me quedo clavada. Lo veo, no puedo ser más patética: tengo 24 años, un dolor de espalda terrible y necesito el mando para poner “Mujeres, hombres y viceversa”. Hasta aquí. Necesito hacer algo de ejercicio y volver a “Crímenes Imperfectos”.
Después de una larga reflexión que dura lo que tarda en hacerse un sofrito, decido que a lo único que me puedo apuntar es a yoga. No se me ocurre ninguna otra actividad física que se haga sentada (quizá la equitación, pero en casa nunca hemos sido de tener caballos). Además, durante una época ya fui a aerobic y me tuve que desapuntar de vergüenza el día después de hacer que se perdiera el monitor mientras intentaba que yo pillara de nuevo la coreografía del grupo.
Así que me voy a informar para apuntarme a yoga. Me recibe una chica de algún país exótico –siendo exótico cualquier país que no sea este- con una postura corporal exquisita. Me explica las condiciones y le digo que vale, que me apunte. Me dice si no quiero probar primero una clase gratuita, porque es posible que no me guste. Le digo con toda sinceridad que no hace falta, que seguro que no me va a gustar, pero que lo hago para hacer algo. Me mira con desconfianza y decide que le voy a caer mal. Yo decido que es justo, pero que tonterías las justas. Tengo que dejar claro que aborrezco su disciplina, que creo que son una secta y que conmigo no va a tener una conversación sobre velas y budas.
Llega el esperado día. Sábado, 11 de la mañana. Me presento equipada con todos los complementos de yoga que había disponibles en el Decathlon. Me recibe otra chica, con un acento entre ruso, rumano, alemán y albaceteño. No adivino de dónde es, en parte por la gran cantidad de incienso que flota en el ambiente que me mantiene en un estado de tontería y semi vómito. Entro en la sala y ya hay una chica tumbada en su esterilla, relajándose. Son de un caucho duro. Cojo una para colocarla –donde fueres haz lo que vieres- y me resbala de las manos cual Pretty Woman, de modo que al caer hace un sonido espantoso, como de latigazo, que hace que la chica se levante sobresaltada y pierda el zen, si es que lo había encontrado. Me siento a esperar. No quiero tumbarme como la chica porque a lo mejor no es lo que se tiene que hacer, sino que es algo que ella hace porque quiere, y no quiero que piensen que me he copiado. Así que me quedo sentada, mirando al frente, mientras un buda gordaco me sonríe.
Van llegando los otros alumnos y todos se tumban y se relajan. Ahora sí: yo me tumbo también, se ve que es lo que se hace antes de empezar. Entra la profesora y pone un CD con el sonido de las olas del mar. La puta… Que nos relajemos, que dejemos los pensamientos atrás, que oigamos el ruido del mar… Empiezo a inquietarme. A mí el sonido del mar no me tranquiliza: pienso que en cualquier momento me robarán el bolso o que vendrá alguien a ofrecerme cocacolaaguacervesafríaaaaaaaaaaa. Y empiezo, tensa, el festival de las poses. En un momento dado la profesora dice que vamos a saludar al sol. Tengo un momento de pánico mientras imagino que ahora iremos todos a la ventana y gritaremos felices “¡¡hola sooooooooooooooooooool!!”. Pero se ve que no, que es otra de sus posturas –la única que me sale, por cierto.
La clase dura una hora y media y yo sudo como una cerda, pero en plan gotas cayendo de la frente, algo que a mí no me había pasado nunca. Resulta que son ciertos los tópicos de que con el yoga se curra mucho. No diré “me gustaría ver al equipo de atletismo haciendo yoga, ya verían lo que es el ejercicio”. No. Pero no entiendo como se ha hecho tan popular entre la gente mayor. Es difícil, duele y te piden unas posturas y unos equilibrios que si supiera hacer mi novio no me dejaría salir de la cama. No hace falta decir que yo era como un ornitorrinco en un lago de cisnes. Ellos pasan de una postura a otra con unos movimientos gráciles y orgánicos, integrados dentro de un todo armónico, deslizándose cual sirenitas sobre caucho. Yo, por el sudor, me quedo enganchada a la esterilla a cada cambio de postura. Hago un desagradable ruido como neumático que acompaño siempre con un elegante “plas”, el ruido que hace la goma de mis bragas cuando me la saco del culo entre la pose del panda comiendo shawarma y la del shawarma y su puta madre. Sólo un señor medio calvo medio obeso está más perdido que yo.
Y este es el post. No tiene ni conclusión ni mensaje explícito, porque como ahora practico yoga abrazo también la filosofía oriental de que tiene que ser el lector quien extraiga sus propias conclusiones, porque si las digo yo no habréis aprendido nada.
A los que penséis que esto es una puta mierda, para compensar, aquí va el regalo, la exclusiva.
MERCEDES MILÀ FUMA.
...
Después de una larga reflexión que dura lo que tarda en hacerse un sofrito, decido que a lo único que me puedo apuntar es a yoga. No se me ocurre ninguna otra actividad física que se haga sentada (quizá la equitación, pero en casa nunca hemos sido de tener caballos). Además, durante una época ya fui a aerobic y me tuve que desapuntar de vergüenza el día después de hacer que se perdiera el monitor mientras intentaba que yo pillara de nuevo la coreografía del grupo.
Así que me voy a informar para apuntarme a yoga. Me recibe una chica de algún país exótico –siendo exótico cualquier país que no sea este- con una postura corporal exquisita. Me explica las condiciones y le digo que vale, que me apunte. Me dice si no quiero probar primero una clase gratuita, porque es posible que no me guste. Le digo con toda sinceridad que no hace falta, que seguro que no me va a gustar, pero que lo hago para hacer algo. Me mira con desconfianza y decide que le voy a caer mal. Yo decido que es justo, pero que tonterías las justas. Tengo que dejar claro que aborrezco su disciplina, que creo que son una secta y que conmigo no va a tener una conversación sobre velas y budas.
Llega el esperado día. Sábado, 11 de la mañana. Me presento equipada con todos los complementos de yoga que había disponibles en el Decathlon. Me recibe otra chica, con un acento entre ruso, rumano, alemán y albaceteño. No adivino de dónde es, en parte por la gran cantidad de incienso que flota en el ambiente que me mantiene en un estado de tontería y semi vómito. Entro en la sala y ya hay una chica tumbada en su esterilla, relajándose. Son de un caucho duro. Cojo una para colocarla –donde fueres haz lo que vieres- y me resbala de las manos cual Pretty Woman, de modo que al caer hace un sonido espantoso, como de latigazo, que hace que la chica se levante sobresaltada y pierda el zen, si es que lo había encontrado. Me siento a esperar. No quiero tumbarme como la chica porque a lo mejor no es lo que se tiene que hacer, sino que es algo que ella hace porque quiere, y no quiero que piensen que me he copiado. Así que me quedo sentada, mirando al frente, mientras un buda gordaco me sonríe.
Van llegando los otros alumnos y todos se tumban y se relajan. Ahora sí: yo me tumbo también, se ve que es lo que se hace antes de empezar. Entra la profesora y pone un CD con el sonido de las olas del mar. La puta… Que nos relajemos, que dejemos los pensamientos atrás, que oigamos el ruido del mar… Empiezo a inquietarme. A mí el sonido del mar no me tranquiliza: pienso que en cualquier momento me robarán el bolso o que vendrá alguien a ofrecerme cocacolaaguacervesafríaaaaaaaaaaa. Y empiezo, tensa, el festival de las poses. En un momento dado la profesora dice que vamos a saludar al sol. Tengo un momento de pánico mientras imagino que ahora iremos todos a la ventana y gritaremos felices “¡¡hola sooooooooooooooooooool!!”. Pero se ve que no, que es otra de sus posturas –la única que me sale, por cierto.
La clase dura una hora y media y yo sudo como una cerda, pero en plan gotas cayendo de la frente, algo que a mí no me había pasado nunca. Resulta que son ciertos los tópicos de que con el yoga se curra mucho. No diré “me gustaría ver al equipo de atletismo haciendo yoga, ya verían lo que es el ejercicio”. No. Pero no entiendo como se ha hecho tan popular entre la gente mayor. Es difícil, duele y te piden unas posturas y unos equilibrios que si supiera hacer mi novio no me dejaría salir de la cama. No hace falta decir que yo era como un ornitorrinco en un lago de cisnes. Ellos pasan de una postura a otra con unos movimientos gráciles y orgánicos, integrados dentro de un todo armónico, deslizándose cual sirenitas sobre caucho. Yo, por el sudor, me quedo enganchada a la esterilla a cada cambio de postura. Hago un desagradable ruido como neumático que acompaño siempre con un elegante “plas”, el ruido que hace la goma de mis bragas cuando me la saco del culo entre la pose del panda comiendo shawarma y la del shawarma y su puta madre. Sólo un señor medio calvo medio obeso está más perdido que yo.
Y este es el post. No tiene ni conclusión ni mensaje explícito, porque como ahora practico yoga abrazo también la filosofía oriental de que tiene que ser el lector quien extraiga sus propias conclusiones, porque si las digo yo no habréis aprendido nada.
A los que penséis que esto es una puta mierda, para compensar, aquí va el regalo, la exclusiva.
MERCEDES MILÀ FUMA.
...

7 apreciaciones:
El que volem saber és si us veu tirar pets.
Mira, jo la única exclusiva que trec d'aquest post és que tens novio.
Joder. Una altre oportunitat perduda.
el so del mar em fa venir pixera, cosa del tot incompatible amb la postura del buda que tracta de veure's la tita.
Me mondo con tu iniciación al Yoga... Voy a ver si puedo recomendar tu blog desde nuestro blog. Ya ves lo hipertextual que me estoy volviendo. Yo, que aprendí a sumar con un ábaco.
Aviso:
Con yoga no volverás a "Crímenes perfectos". Quizás a "Saber vivir".
yo tambien he sido víctima del yoga y de la gente rara que no suda. Nunca mais.
¿lo has dejado? ¿has dejado de sudar? ¿algún tendón dislocado?
saludos
Pero cuéntanos dónde la has visto fumar por lo menos, si era tabaco rubio o negro, con o sin filtro...
los sucios detalles, vamos.
Ah, y actualiza más a menudo porfa, que me sé de memoria ya las entradas antiguas porque vengo cada pocos días con la esperanza de encontrar nuevo material, y acabo releyendo.
No quería irme (porque no soy muy dado a comentar y lo más probable es que pase mucho tiempo hasta que me atreva a hacerlo de nuevo) sin darte mis más sinceras felicitaciones por el post en el que explicaste el funcionamiento del "uy sí", yo también lo he dicho toda la vida y nunca hubiese imaginado un desarrollo tan estudiado como divertido y certero del tema.
De vez en cuando uso citas de artículos tuyos en conversaciones y la gente se piensa que soy menos tonto de lo que soy.
Bueno, no me enrollo más, gracias por hacerme pasar buenos ratos.
El autor de el lazarillo
Publicar un comentario en la entrada